miércoles, 16 de mayo de 2012

Adolescentes en prisión, toda una vida.

Su caso fue juzgado por segunda vez en 1999 y de nuevo fue declarada culpable. El día de su 17º cumpleaños fue trasladada a un centro de detención de adultos y cuatro meses después, a una prisión de adultos.
Durante este tiempo ha estudiado la enseñanza secundaria  y ha completado todos los programas de educación disponibles en prisión. Ahora Jaqueline ha expresado sus remordimientos a las familias de los dos asesinados.
Pero desgraciadamente Jaqueline no es la única y el tratamiento dado por la justicia, tampoco. En todos los casos se ve un denominador común, ni han sido juzgadas con las suficientes garantías ni se han tenido en cuenta sus antecedentes.
Christi Cheramie tiene en estos momentos 33 años. Fue condenada a cadena perpetua en 1994, con tan sólo 16 años. Se le acusó de asesinar a la tía abuela de su novio. Según Christi, el asesinato lo cometió él, que en ese momento tenía 18 años. El  psiquiatra que examinó a la chica antes del juicio afirmó que se trataba de una joven “deprimida, dependiente e insegura, incapaz de contrariar a su novio”, según informes de Amnistía Internacional. Pero al igual que la mayoría de estas condenadas, su infancia fue dura. Sufrió abusos sexuales y a los 13 años la internaron en una clínica psiquiátrica tras intentar suicidarse en dos ocasiones.
Ahora es otra persona. Ha completado sus estudios agrícolas e imparte clases en prisión a otras condenadas.
En 2001, Christi solicitó que se retirase su declaración de culpabilidad y afirmó que, cuando la realizó, no había comprendido en qué consistía el proceso judicial ni qué implicaba realmente declararse culpable de homicidio impremeditado. Su solicitud fue rechazada.

 
 La Convención de Derechos del Niño, prohíbe expresamente la imposición de cadena perpetua, sin posibilidad de excarcelación a los menores de 18 años, independientemente de la gravedad de los delitos, pero Estados Unidos no se adhirió.
Tal como afirma dicha organización “no se trata de disculpar los delitos cometidos por menores ni de restar importancia a sus consecuencias, sino de tener en cuenta el especial potencial para la rehabilitación y el cambio que tienen los menores infractores”, asegura la organización Human Rights Watch.
Existen todavía muchos grupos contrarios a la libertad de estos jóvenes, ya que argumentan que “las víctimas no solamente tendrían que soportar el dolor propio de la pérdida, sino que se verían obligadas a revivir dicho dolor cada vez que el condenado y autor del crimen tuviera un nuevo juicio para ser sentenciado otra vez y, quizás, conseguir la absolución o una reducción considerable en su condena”.
El pasado mes de marzo, el Supremo de Estados Unidos comenzó a estudiar la posible abolición de la cadena perpetua sin libertad condicional para quienes no tengan delitos de sangre.
Jaqueline, Christi o Alyssa tendrán un futuro muy negro en cualquiera de las 38 cárceles norteamericanas que recluyen a las condenadas siendo adolescentes. Carecen de la posibilidad de conseguir la libertad condicional.
Muchas de ellas tienen depresiones, pensamientos de suicidio, angustia crónica y sentimientos de intensa soledad. Estudian, dan clases a sus colegas de prisión, maduran y con el paso de los años se convierten en mujeres que podrían integrarse en la sociedad, pero la justicia y la política les niega todo tipo de esperanza. 
En Estados Unidos siguen condenando a cadena perpetua a menores de edad. En estos momentos 2.500  cumplen dicha pena. De ellos, en torno al 7% son chicas.  Muchas han pasado ya  más de la mitad de su vida en prisión. Su infancia fue muy dura, su futuro, negro y la forma de juzgarlas, muy injusta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario